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La gallera: el último reducto de honor popular

Por: Rolando Robles - Comunicador Social
Casi resulta un contra sentido, pero es más real que un camino.
Si se fueran a editar los cuentos e historias tejidos alrededor del carácter noble y responsable de los
que frecuentan esos lugares de “perdición”, como las define don Ramón Robles, sería necesario
llenar muchas cuartillas.
Ciertamente, las anécdotas que cuentan e inmortalizan el honor propio de los jugadores de gallos,
no caben en cualquier libro.
Porque las que reivindican la frivolidad y las bajas pasiones generadas al calor de las apuestas, ya
han sido llevadas, incluso hasta el pentagrama.
La triste y criolla historia de Andresito Reyna,
canto de protesta a la paternidad irresponsable, tan propia de nosotros y las dificultades que afronta
ese famoso personaje, que lo perdió todo en esa “maldita gallera, de la carretera”, son ejemplos de
lo hondo que ha calado el tema en la sociedad dominicana.
De forma que sólo trataré, de recordarles el otro lado de la moneda.
Airear ese ambiente de seriedad y respeto por la palabra empeñada, ahora que parece ser que no
existe nadie dispuesto a cumplir promesa alguna. Especialmente en la política, que junto al juego
de azar, al machismo y la religiosidad fanática, son los soportes de nuestro atraso.
Yo quiero rendir honor al único lugar del país donde la palabra propia “vale algo”, no importa si se
tiene abolengo o si es un “pobre diablo”.
Cuando un dominicano dice ¡voy!, aceptando la apuesta, se da por descontado que a la hora de
pagar, si resultare perdedor, ese señor no se irá a su casa sin honrar su palabra ante el “ganador”. Ni
siquiera el clásico y no menos honorable “apretón de manos” es necesario entre galleros.
Como tampoco el antiguo “pelo arrancado del bigote”, francamente en desuso por el paso de los
años, se comparan con ese canto a la seriedad que representa un ¡voy!, proferido con seguridad,
por cualquier desarropado de la vida con ansias de cautivar la suerte.
No importa cuanto alcohol haya en el ambiente, que siempre lo hay, como tampoco importa si se
conoce o no al contrario y mucho menos su solvencia.
Lo único que ese infeliz hombre de trabajo sabe, al llegar el desenlace, es que él perdió y está
dispuesto a pagar.
A veces, el dichoso no sabe a cuantos ha ganado, porque oyó voces simultáneas, pero está seguro
de que alguien vendrá a pagarle.
Por otro lado, es famosa la figura de aquel pobre jornalero, deambulando por el recinto, con el
dinero en la mano y tratando de recordar a quien le debe.
Pero si las hay de cal, también las hay de arena. Los escasos granujas que violan la palabra
empeñada o hacen trampas, son declarados ipso facto, como parias de la vida, delincuentes
indeseables con quienes nadie apostará jamás y están impedidos de entrar a cualquier Gallera de la
comarca.
Y es que parece cierto: “hasta entre delincuentes de peor ralea, existe algún código de honor”
¡Que lástima que no sea así entre la clase política gobernante, que rompen sus promesas el mismo
que resultan elegidos!
El Rumbo de Nueva York - RumboNY.com
¡Que pena que ese rancio sentimiento de honor presente en las Galleras, no llegue hasta los
partidos políticos y en especial, hasta la casa del gobierno dominicano!
Fuente : http:\\www.rumbony.com/article.cfm?id=1543
2006 El Rumbo de Nueva York
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